Guamuhaya

Lunes, Junio 2, 2008

A una madre en su locura

Sobre la base de un hecho real este recuerdo de

 

(A la memoria de la hija de Bartolo, en mi pueblo,  en el Día de las Madres del año 2002)

 

----------000----------

 

Sólo hay algo superior a la mujer: la madre...

Siempre que exista una mujer habrá poesía...

Sin ellas, morimos; junto a ellas, somos invencibles...

Digamos siempre GRACIAS, por lo que tenemos,

sin QUEJARNOS nunca de lo que nos falta...

 

ooooo000ooooo

 

Mi pueblo no está lejos ni cerca de ningún lugar; cada familia tiene amarrado el Escambray al patio de su casa; y de hechos insólitos, irrepetibles, sigue repleto su pasado de aguas que ya no mueven molinos.-

Hay madres que la pérdida de un hijo, ese dolor para toda la vida, la llevan como Jesús con la cruz camino del Calvario; y otras, no aceptan tal imponderable del ser o no ser.-

En Cumanayagua, sin que el tiempo haya podido extender con fuerza la niebla del olvido, la mujer de familia numerosa, debido a una casual enfermedad viral, perdió en la vida a su única hija.-

La pequeña, desde la Luz, hubiera podido vivir en la placidez del recuerdo de su mamá, pero ésta se rebeló ante el dictado del Destino, la quería viva y hasta el campo santo fue para rescatarla de la nada.-

Su calavera y huesitos, increíblemente, los vistió con las ropas de siempre y viajó, como lo hacía antes, entre Cumanayagua y Barajagua, y viceversa. 

 

 

 

En cierta parada de ómnibus una imprudente señora, descubrió lo que no debía saberse.-

 

_Oiga, ¿por qué lleva tan arropada a la niña...?

 

La interlocutora había deducido el sexo por los colores de pañales y mediecitas que estaban a la vista.- La madre, aparentemente en la realidad, pero fuera de ella, argumentó:

 

-Es que mi niña puede resfriarse, coger un catarro malo, y no quiero perderla otra vez...

 

La señora preguntona, por la suspicacia que dejaron las últimas palabras, se aproximó a la madre amorosa que acariciaba a su bebé.- Corroboró entonces, lo que no debió ver, y un alarido de horror casi no le sale por la garganta...

Unos minutos transcurrieron y la parada a la salida de Cumanayagua, se llenó de curiosos.- La madre, impávida, mientras todos comprobaban que aquella mujer había enloquecido y llevaba en brazos el esqueleto de su hija, armado ¡sabe Dios! de qué manera.-

 

Así lo sufrió una madre de mi pueblo, pues el cariño por su hija traspasó la frontera de la muerte.- Ella buscó en el suicidio la liberación de esta pena, que a veces se suma como la peor, y que debemos soportar por toda la vida.

Enviado por Octavio Pérez Valladares at 13:57 | Historia | Comentarios (0) | Link


Jueves, Agosto 23, 2007

MIS AMIGOS DEL BOSQUE

Aureliano, uno de los tantos que pobló la cordillera de Guamuhaya, nos cuenta algunos pasajes de la vida de un hombre en su soledad del monte. Aprende este personaje el saber que encierran los libros y por esa posibilidad real, pudo contarnos a través de un lenguaje sencillo, pero culto, sus vivencias en las lomas y el llano.

Los nombres y lugares son reales, sólo con la excepción de Aureliano, del cual no damos su identidad, pues sería una inmodestia. Su historia es la misma de muchos campesinos del Escambray.

Descubrió que Cumanayagua no está lejos ni cerca de ningún lugar y que, sabe Dios por qué fenómeno de la refracción de la luz, un día de cada año la montaña  amanece muy contenta, pues se acerca al pueblo y entonces desde aquí los cumanayagüenses podemos contar las palmas o las vacas en la, aparentemente lejana,  cordillera de lomas. Quizás, por esto último, aseguren muchos que el Escambray está amarrado al patio de cada casa de este pueblo de dos ríos.

Mi mayor deseo y anhelo, es que agraden estos pasajes, que he recopilado con todo el realismo y fantasía que a mí me permitieron las palabras.

 

 

Mi nombre es Aureliano. Recuerdo que mi mamá, Rafaela, cuando era niño, 1920-21, decidió enviarme a Siguanea, a la hacienda de Don Evaristo García quien, en definitiva a través del mayoral llamado Luis, se encargó de completar mi crianza en los años que faltaban para que fuera todo un hombre.

 

Lejos de Cumanayagua estuve mucho tiempo, aprendiendo las duras labores del campo. El mayoral, a medida que enseñaba esto o aquello, se encariñaba conmigo hasta llegar a quererme como el hijo que nunca tuvo. Cumplí los catorce años y supe ya de las angustias del arriero, siempre llevando y trayendo mercancías por aquellos trillos perdidos.

 

Trabajaba duro, pero mientras iba por los bosques, de noche o de día, observaba la forma de vida de muchos animales, sobre todo las aves. Debo reconocer que en aquel tiempo ya lejano, creía en la fantasía de que el canto de la tojosa era presagio de algún desastre o percance.

 

Voy a referirles algo sobre mis amigos del monte, lo que quizás haya pasado inadvertido para ustedes. Empezaré por el sapito Colín. El nombre científico no lo sé, pero yo lo conozco como el sapo diminuto, de apenas dos centímetros de largo, que se escucha cuando cae la tarde o hace su aparición un nublado fuerte.

 

Entre la hora y hora y media emite el canto: ¡colín...colín! que le da el calificativo o nombre que ya mencionamos. Viven cientos y cientos de ellos debajo de la hojarasca y parece que se trata de un concierto ininterrumpido que sólo concluye cuando sale el sol.

 

Muchas veces en el silencio del bosque, uníase al sonido del sapo Colín la presencia del sigiloso Casmao, de patas rojas, plumaje gris como la tojosa y el rojo veteado surcándolo. Ese sí que habita donde el hombre no puede llegar.

 

Recuerdo también al colibrí, zun zun o pájaro mosca, como se le conoce. Vive en los farallones y en las plantas que aquí nacen. Construye el nido quitándose plumas y regándolas con una resina que busca sabe Dios de qué árbol. Este habitáculo tendrá unas dos pulgadas cuadradas, con la figura de una fuentecita, sin techo. No hay ave de rapiña que llegue al lugar donde habita, pues también vuela con rapidez y es único que puedo hacerlo marcha atrás para mantenerse en punto fijo, en pleno vuelo.

 

Son muy bonitos los tomeguines del pinar y de la tierra que a principios de julio y cuando han terminado la etapa de reproducción, forman grupos para emigrar en busca de mejores sitios y seleccionar la pareja. Son andanadas que tardan en pasar por un lugar tres o cuatro días. Es curioso que pongan los huevos todos los años en los mismos nidos.

 

Puede hablarse además en la cuestión del canto de un misterioso habitante de los bosques cubanos. En el momento del sol fuerte, cuando no se mueve ni una hoja, es como un alivio la melodía del sinsonte, que le canta al astro rey en su salida y puesta. 

 

Desconozco el porqué de la melancolía que le imprime a sus trinos en la madrugada, como si estuviera desvelado. De ahí que algunos campesinos aseguren que el sinsonte se ensoñaba con el canto.

 

Él imita al cernícalo, pitirre, judío, totí, sijú y el cotunto, y otras aves. Jamás ha podido reproducir el canto del tomeguín, pues parece que se trata de un sonido muy agudo. Otros campesinos que conocí me refirieron que cantaba así para ganarse la amistad de todos los pájaros.

Enviado por Octavio Pérez Valladares at 15:42 | Historia | Comentarios (0) | Link


Jueves, Agosto 9, 2007

Memorias de un guajiro

 Aureliano, uno de los tantos que pobló la cordillera de Guamuhaya, nos cuenta algunos pasajes de la vida de un hombre en su soledad del monte. Aprende este personaje el saber que encierran los libros y por esa posibilidad real, pudo contarnos a través de un lenguaje sencillo, pero culto, sus vivencias en las lomas y el llano.

Los nombres y lugares son reales, sólo con la excepción de Aureliano, del cual no damos su identidad, pues sería una inmodestia. Su historia es la misma de muchos campesinos del Escambray.

Descubrió que Cumanayagua no está lejos ni cerca de ningún lugar y que, sabe
Dios por qué fenómeno de la refracción de la luz, un día de cada año la montaña  amanece muy contenta, pues se acerca al pueblo y entonces desde aquí los cumanayagüenses podemos contar las palmas o las vacas en la, aparentemente lejana,  cordillera de lomas. Quizás, por esto último, aseguren muchos que el Escambray está amarrado al patio de cada casa de este pueblo de dos ríos.

Mi mayor deseo y anhelo, es que agraden estos pasajes, que he recopilado con todo el realismo y fantasía que a mí me permitieron las palabras.

 

MIS AMIGOS DEL BOSQUE...

 

Mi nombre es Aureliano. Recuerdo que mi mamá, Rafaela, cuando era niño, 1920-21, decidió enviarme a Siguanea, a la hacienda de Don Evaristo García quien, en definitiva a través del mayoral llamado Luis, se encargó de completar mi crianza en los años que faltaban para que fuera todo un hombre.

Lejos de Cumanayagua estuve mucho tiempo, aprendiendo las duras labores del campo. El mayoral, a medida que enseñaba esto o aquello, se encariñaba conmigo hasta llegar a quererme como el hijo que nunca tuvo. Cumplí los catorce años y supe ya de las angustias del arriero, siempre llevando y trayendo mercancías por aquellos trillos perdidos.

Trabajaba duro, pero mientras iba por los bosques, de noche o de día, observaba la forma de vida de muchos animales, sobre todo las aves. Debo reconocer que en aquel tiempo ya lejano, creía en la fantasía de que el canto de la tojosa era presagio de algún desastre o percance.

Voy a referirles algo sobre mis amigos del monte, lo que quizás haya pasado inadvertido para ustedes. Empezaré por el sapito Colín. El nombre científico no lo sé, pero yo lo conozco como el sapo diminuto, de apenas dos centímetros de largo, que se escucha cuando cae la tarde o hace su aparición un nublado fuerte.

Entre la hora y hora y media emite el canto: ¡colín...colín! que le da el calificativo o nombre que ya mencionamos. Viven cientos y cientos de ellos debajo de la hojarasca y parece que se trata de un concierto ininterrumpido que sólo concluye cuando sale el sol.

Muchas veces en el silencio del bosque, uníase al sonido del sapo Colín la presencia del sigiloso Casmao, de patas rojas, plumaje gris como la tojosa y el rojo veteado surcándolo. Ese sí que habita donde el hombre no puede llegar.

Recuerdo también al colibrí, zun zun o pájaro mosca, como se le conoce. Vive en los farallones y en las plantas que aquí nacen. Construye el nido quitándose plumas y regándolas con una resina que busca sabe Dios de qué árbol. Este habitáculo tendrá unas dos pulgadas cuadradas, con la figura de una fuentecita, sin techo. No hay ave de rapiña que llegue al lugar donde habita, pues también vuela con rapidez y es único que puedo hacerlo marcha atrás para mantenerse en punto fijo, en pleno vuelo.

Son muy bonitos los tomeguines del pinar y de la tierra que a principios de julio y cuando han terminado la etapa de reproducción, forman grupos para emigrar en busca de mejores sitios y seleccionar la pareja. Son andanadas que tardan en pasar por un lugar tres o cuatro días. Es curioso que pongan los huevos todos los años en los mismos nidos.

Puede hablarse además en la cuestión del canto de un misterioso habitante de los bosques cubanos. En el momento del sol fuerte, cuando no se mueve ni una hoja, es como un alivio la melodía del sinsonte, que le canta al astro rey en su salida y puesta. 

 

Desconozco el porqué de la melancolía que le imprime a sus trinos en la madrugada, como si estuviera desvelado. De ahí que algunos campesinos aseguren que el sinsonte se ensoñaba con el canto.

Él imita al cernícalo, pitirre, judío, totí, sijú y el cotunto, y otras aves. Jamás ha podido reproducir el canto del tomeguín, pues parece que se trata de un sonido muy agudo. Otros campesinos que conocí me refirieron que cantaba así para ganarse la amistad de todos los pájaros.

Enviado por Octavio Pérez Valladares at 13:27 | | Comentarios (0) | Link


Lunes, Abril 16, 2007

Cumanayagua

Les presento a Cumanayagua y puedo asegurar que como este pueblo no hay dos en Cuba. Su situación geográfica es: limita al este con Manicaragua, al oeste con la ciudad de Cienfuegos, al norte con Cruces y al sur con las aguas del mar Caribe.

De eterna manera la cordillera de Guamuhaya lo ha observado día por día, a través del tiempo ido y lo que falta; aunque -a su vez- esta localidad tenga amarrado al Escambray al patio de cada casa y, paradoja, no esté cerca ni lejos de ningún lugar.

Según las referencias sobre cierta Acta Capitular -de la que no puedo dar fe- y fechada en la villa de Trinidad, lo fundan el 3 de mayo de 1804. Desde mucho antes ya era localidad, pues existe además otra alusión acerca de una misiva de 1732 al jefe español de la entonces “Capitanía Pedánea” para que, por esa vez, enviara los avituallamientos a quienes iniciaban la construcción de la fortaleza del castillo Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua y que con anterioridad iban con destino a la villa de Trinidad.

He logrado saber grosso modo que el Padre Fray Bartolomé de las Casas tuvo en la zona enmarcada en lo que fuera primigeniamente mi adorado terruño, sus encomiendas en unión de Pedro Rentería, este último esclavista e insaciable tenedor de vidas y haciendas.

Existe la referencia de que los primeros pobladores se ubicaron en el centro del entonces denominado Hato de Cumanayagua y que fueron colonizados por peninsulares y nativos, cuyo término para la demarcación aún se conserva en una vivienda de calle Cienfuegos.

Es en 1930 que aspira, por el ímpetu de sus hijos, a convertirse en municipio, pues tenía gran auge en el comercio con aporte en el orden de varios cientos de miles de pesos, un total de 27 764 habitantes, unas 1 500 casas y porque en el propio pueblo ya residían alrededor de 8 000 personas. Barajagua, el asentamiento más cercano, contaba en ese momento con 2 681 habitantes.

Sí puedo asegurar que desde esos tiempos remotos hasta hoy los lugareños o residentes de esta comarca, han tenido por norma en sus vidas tres empeños esenciales: sobresalir, regresar y dejar los huesos.

Todo cumanayagüense realiza extraordinarios esfuerzos por destacarse, ser recordado; si está lejos regresa un día a la tierra natal y de darle tiempo por la visita de la parca, pide como último deseo que sus huesos descansen aquí.

Lo más probable es que mucho antes que a Camajuaní en 1848, en la hermana provincia de Villa Clara, fuera traída la adoración de la Santa Cruz y también un 3 de mayo, pero del año 1804.

Aquí, como allá después, se quedó como tradición y en mi pueblo, por demás “entrerriano”, pasó a ser el Día del Cumanayagüense Ausente, esa fecha que aprovechamos los que una vez nos fuimos, para regresar y ver de nuevo a familiares y amigos.

Invito a los cibernautas para, por las referencias que rescaté del olvido, lleguen darme la razón sobre la existencia verdadera de cierto magnetismo o halo misterioso que en sus vidas acompaña a los nativos del hoy próspero municipio y otrora sitio olvidado.

Enviado por Octavio Pérez Valladares at 10:21 | Historia | Comentarios (7) | Link


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