Hoy cumplió sesenta años un amigo, también profesional muy ligado al gremio periodístico por su labor docente y al frente de la Filial de la Sociedad Cultural José Martí en la provincia de Cienfuegos, José Ramón Gómez Cobelo, publicó en Facebook esta nota que me resultó muy interesante, la cual comparto con ustedes a continuación.

En mi juventud escuché remachar el vocablo compañero hasta el cansancio. Me contaron que hasta en la intimidad de una pareja se oyó decir: “…hay que rico compañero.” Hoy esa palabra está casi caducada por las tendencias sociales emergidas después de mil novecientos ochenta y nueve. Ahora se utiliza con frecuencia el término Señor/a  con el afán, tal vez, de enaltecer al interlocutor y demostrar cuanto respeto mercede el portador.

Lamentablemente, muchos creen que el vocablo compañero se introdujo junto con el socialismo en Cuba o al menos en su dominio por los cubanos.

Tan temprano como mil ochocientos noventa y cuatro, ya nuestro José Martí usaba la palabra compañero en forma bella y poseída de contenido trascendente. En carta al Sr. Francisco Borrero fechada en New York, en septiembre veinticinco de mil ochocientos noventa y cuatro, escribió: “Mi compañero me dice Ud., que es más que amigo en cosas tan santas como las nuestras, y yo no puedo, al pie del vapor, empezar mi carta, sin decirle que eso sí me da orgullo de veras, que Ud. adivine en mi que no me le he de acobardar, ni de cansarme del hambre, ni de ir a pie, sino que, cuando me toque caer, todas las penas de la vida me parecerán sol y miel, si está Ud. a mi lado, contento de mí y me vuelve a decir mi compañero.”[1]

Si leemos cuidadosamente el texto escrito por el Maestro comprendemos que cuando se dice compañero, cargado con el espíritu universal del bien de la obra humana, se reconoce el más alto estadio de aprecio, reconocimiento y amor. No es la insustancial y simplona forma de referirse al otro como alguien que pertenece a una época histórica; es más bien, referirse a alguien que comparte con nosotros objetivos de vida y lucha constante por la libertad. Reconocerse a sí mismo como compañero y reconocer al otro que le estimamos de forma especial y superior es enaltecer y honrar.

Que bueno sería seguir siendo compañeros para consolidar el proyecto social cubano, amar el prójimo como aconsejan las sentencias de las sagradas escrituras y huir, sin prisa pero con paso seguro, de los otrora vocablos de los patrones: Señora y Señor, que antes que todo recuerdan ciertos signos de esclavitud y servidumbre; el señor feudal y el siervo. Muchos de los que hoy usan y abusan del vocablo, ni tienen  suficiente cultura ni dinero para merecer desde la cosmovisión histórica el horripilante calificativo.

Cuando en un restaurant o paladar, como gusta decirse en estos tiempos, le traen la carta, generalmente le preguntan ¿Qué desea el señor? No necesariamente nos están respetando más. Le están recordando—manda que tú pagas. Cuando colegas del trabajo, de equipos ocasionales  o su familia en la propia casa le ven como un Señor/señora, de seguro algo anda mal. Vivimos en un país que gracias al uso y vida consecuente del término compañero se ha conquistado la libertad de que hoy disfrutamos. Dejar de ser compañeros es dejar de tener objetivos comunes en el secreto de la vida. Recuérdese el viejo refrán: dime con quien andas y te diré quien eres.

El amor de Tina y Mella surge en la lucha por la libertad, los compañeros en su andar para conquistar la justicia se identifican y aman. Y, como nos enseñó el Maestro “el amor es la fuerza que mueve la tierra”.

Ahora con el enfoque de género parece prudente que siempre digamos compañeras y compañeros, por cortesía y por respeto. Déjese el término Señora y Señor para los protocolos que se suceden en el otro banquete, en el que no estamos todos los de la servidumbre. La inclusión, palabra de orden en estos días, viene mejor con el término compañera y compañero. Así, no se nos olvidará que la esencia del modelo social que se construye cada día tiene sus anclas tiradas en la justicia social, la equidad y la igualdad de derechos para todos; mujeres y hombres de …”la tierra más hermosa que ojos humanos han visto”.

José Ramón Gómez Cobelo

[1] José Martí, OC. Volumen 3. Cuba. Política y Revolución III, 1894—P 275