El
26 de noviembre de 1961 ocurrió uno de los crímenes más abominables
perpetrados por los bandidos. Fue en Limones Cantero, finca Palmarito,
donde resultaron asesinados el joven alfabetizador Manuel Ascunce Domenech
y su alumno, el campesino Pedro Lantigua Ortega, a manos de los bandidos
Braulio Amador Quesada (principal ejecutor), ajusticiado tres meses
después; Pedro González Sánchez, también ejecutado posteriormente, y Julio
Emilio Carretero Escajadillo, en aquel momento jefe de una comandancia, y
más tarde, jefe de la Comandancia General. Fue ajusticiado el 28 de marzo
de 1964.
Al presentarse en la vivienda del humilde
campesino, los forajidos habían fijado su atención en el muchacho.
—Y ese ¿quién es?, preguntaron.
—¡Yo soy el maestro! Respondió con dignidad y
valentía el joven brigadista, cuyas palabras incitaron la sed de odio y
sangre de los contrarios, que cometieron de la forma más brutal y cobarde
el alevoso crimen contra los dos hombres indefensos.
Manuel Ascunce nació el 25 de enero de
1945 en la antigua provincia de Las Villas, de donde se traslada a
temprana edad con la familia para la capital, aunque al decir de su
hermana Marilola, Manolito siempre añoraba las vacaciones para regresar a
su ciudad natal a jugar pelota, a las bolas, cazar tomeguines a la orilla
del río, y tirarse en yagua de los acantilados.
Realizó sus estudios de la primaria en las
academias "Santa Marta" y "El Éxito" y posteriormente continuó sus
estudios en la Secundaria Básica "América”.
Muy joven ingresó en la Asociación de Jóvenes
Rebeldes, y cuando se produjo la invasión mercenaria de Playa Girón,
acudió de inmediato a su secundaria básica para hacer guardia y defenderla
si las circunstancias lo requerían.
Durante la Campaña de Alfabetización no vaciló en
separarse del hogar para marchar adonde fuera necesario. «Era apenas un
niño —como dijera Fidel—, que además había sacrificado sus vacaciones, que
llegaba allí, igual que otros 100 mil jóvenes, igual que otras decenas y
decenas de miles de niños y de jóvenes, hijos, por supuesto, de decenas y
decenas de miles de familias, muchos de ellos, la inmensa mayoría, hijos
de la clase obrera.»
Julio López Blanco, quien fuera decano del Colegio
de Maestros y responsable de las brigadas “Conrado Benítez” en la antigua
provincia de Las Villas, recuerda los emotivos momentos que vivió aquella
época en La Habana, durante el encuentro de nuestro Comandante en Jefe con
los familiares de Ascunce en la funeraria donde yacían tendidos sus
restos.
Rememoró también el imponente cortejo fúnebre, el
27 de noviembre, encabezado por el Jefe de la Revolución, lo cual
coincidió con el aniversario 90 del fusilamiento de los ocho estudiantes
de Medicina, en 1871.
En el Cementerio de Colón, el director del
Hospital Militar Finlay, el doctor Nicolás Monzón Pérez (Pompi) —ya
desaparecido—, natural de Encrucijada, hijo del médico de igual nombre,
expuso los resultados de la autopsia, según la cual a las víctimas las
ahorcaron con alambres de púa.
Fidel pronunció las palabras finales, en las que
señaló que Ascunce se convertía en un nuevo mártir de la educación y de la
Patria.
El 26 de diciembre de 1961 se develaron en la
Secundaria Básica "América" el busto y la tarja que la convirtieron en la
escuela Secundaria Básica "Manuel Ascunse Doménech", en recordación de
quien murió asesinado por enseñar a leer y a escribir.
El terrorismo —auspiciado por el Gobierno yanqui
en un vano intento por sembrar el terror en el pueblo para liquidarnos— no
pudo detener la Revolución, como tampoco ahora podrán impedir que
trascienda nuestro ejemplo.
Testimonio de Neysa Fernández Rojas
Neysa Fernández Rojas, la única
persona que el joven maestro logró alfabetizar totalmente aún se sobrecoge
de tanto espanto.
”Los bandidos llegaron a la casa de
Pedro Lantigua como a las siete de la noche y tocaron: 'Pedro, Pedro,
somos tus compañeros', y como iban vestidos de milicianos logran confundir
al campesino y éste abre la puerta".
Lo amenazan, le quitan el fusil y
Manuel que estaba en el cuarto, al sentir el ruido se acercó. Mariana,
esposa de Pedro lo abracó y dijo que aquel era su hijo, pero él se
adelantó y dijo: “Yo soy el maestro”. "¿Conque tú eres el maestro
comunista?", dijo uno de los alzados y acto seguido se llevaron a Manuel y
a Pedro y los ahorcan a pocos metros de la casa.
Han transcurrido 41 años de este
asesinato y aún el susto anuda la garganta de Neysa, que se hace
nuevamente a los caminos tantas veces recorridos por el maestro de 16
años.
"Cuando recibí la noticia, yo pensé
que me iba a volver loca, lloraba y lloraba y me decía: 'tengo que tener
resistencia para verlo'. ¡Pobrecito!, el día anterior yo lo había visto
tan contento, limpiando su farol y ya al otro día encontrarlo así, con el
vientre lleno de punzonazos, el cuello amoratado. No, eso fue terrible,
hacerle eso a un niño, un niño que tuvo tanto fundamento y seriedad, que
me enseñó a leer y a escribir".
Teresa Rojas, la madre de Neysa,
tampoco sepulta los recuerdos que nacen cargados de denuncia.
"Yo que lo cuidé como si fuera mi
hijo, que lo aconsejaba: no salgas de noche Manolito, coge por los trillos
claros que por ahí hay mucho marabú. Y pasarle eso; maltratarlo como lo
hicieron: porque tenía tantos golpes que parece que se ensañaron con él.
Claro, era el maestro y el que más le tiró en cara todo el mal que estaban
haciendo. Yo no tenía fuerzas para ver a su madre Evelia. Ella que tanto
me lo encargó".
"Ese es el crimen más grande que se
ha hecho, y hacérselo a uno más de mis hijos: porque él se acostaba entre
mi esposo y yo, los tres dormíamos la siesta y después me decía: 'Mamá
tengo hambre', y yo le preparaba algo. Su uniforme de alfabetizador, la
ropa de trabajo, todo se lo lavaba yo. Era también mi hijo y no perdono
jamás que lo hayan torturado así".
Testimonio de Mario Rodríguez
Valero
Con su juventud a cuesta Mario
Rodríguez Valero participó en la dirección de la Campaña de Alfabetización
en el Escambray espirituano. Sus testimonios también renacen hoy.
"Nosotros sabíamos que aquella zona
era muy peligrosa. A la banda de Pedro González le gustaba maniobrar por
allí y ya nos había asustado a algunos maestros en la granja La Pastora y
en el batey que queda detrás del central FNTA (en Trinidad). Trataron de
liquidar a algunos brigadistas, incluidas mujeres. Pero fueron escondidas
por los campesinos; en varias ocasiones le pusimos cercos y no pudieron
hacer nada. El Comandante Félix Torres, Jefe del Plan Especial Escambray,
nos dio armas para proteger a los muchachos de la campaña y a las
familias.
Yo conozco de la muerte de Ascunce
y Lantigua el lunes bien temprano en una plenaria de la Central de
Trabajadores de Cuba. Ahí anuncié que estaba corriendo la sangre, pero que
había que continuar hasta el triunfo final. Cuando llegué a Limones
Cantero todavía estaban los cuerpos colgados, di un piñazo en un árbol
porque me sentí tan impotente al ver aquellos cuerpos llenos de punzonazos
en la parte inferior. Eran las 10:00 a.m. cuando trasladamos a Manuel para
Trinidad y a Lantigua para Limones".
No hizo falta convocatoria, el
pueblo custodió el cuerpo de Ascunce, miles y miles de personas
acompañaron el féretro hasta la salida del pueblo. Mario aún recuerda.
"Encima de un camión, despedimos a
Ascunce y en su honor prometimos no renunciar a la Campaña de
Alfabetización. Yo tuve la misión de entregar el cadáver a los padres, fue
un momento muy difícil para mí. Yo tenía sólo 22 años".
Neysa Fernández, su madre Teresa
Rojas y Mario Rodríguez Valero no olvidan. Ahora ni siquiera se escucha el
airecillo que baja de la montaña. Sólo silencio. Y cuando uno cree que la
muerte se adueña de todo, que la vida es un lugar distante, la voz de
Manuel Ascunce, de apenas 16 años, vuelve hecha sentencia: "Yo soy el
maestro".